ALTO VALLE DEL IREGUA 
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Historia y Arte Hermandad de las Trece VillasHistoria y Arte Hermandad de las Trece Villas

La Hermandad de las Trece Villas y la Ermita de la Virgen de la Luz

Una de las instituciones sobre la que gravitó la vida del valle del Iregua fue la Hermandad de las Trece Villas, también conocida como de “Nuestra Señora de la Luz” o de “Piqueras de la Pineda”. Afortunadamente, dicha entidad ha llegado hasta nuestros días, siendo una de las más antiguas de La Rioja. Como su propio nombre indica, trece localidades del valle del Iregua se agrupan en dicha institución. Son Almarza, Castañares de las Cuevas, Gallinero de Cameros, Lumbreras, Nestares, Nieva de Cameros, Ortigosa de Cameros, Pinillos, Pradillo, Torrecilla en Cameros, Viguera, Villanueva de Cameros y Villoslada de Cameros. Los orígenes de la misma se pierden en el tiempo, aunque en diversos documentos su existencia ya aparece referida en la Edad Media. De hecho, el primer documento de su ininterrumpido archivo data del año 1490, épocas de villas realengas y de señoríos, de la corona castellana y de fronteras indefinidas.

El cometido fundamental de la Hermandad ha sido, y es, la administración de los montes de la zona. Señala la tradición oral que las raíces de la institución provienen de los litigios entre las trece villas por el uso de los pastos de La Pineda, pertenecientes a Lumbreras, para alimentar el ganado bovino. Pero durante los siglos pasados sus competencias también alcanzaban a lo criminal y a lo jurisdiccional. Precisamente, en la ladera contigua a la ermita, encontramos un obelisco o “rollo” de piedra, fechado a finales del siglo XVI, que se constituía como el símbolo de dicha autoridad. Bajo su cometido también se encuentran la propia ermita y la venta. Las trece villas que forman la entidad van turnándose en su presidencia, sistema que se ha mantenido desde siglos atrás.

La sede de la Hermandad de las Trece Villas se encuentra en la Ermita de la Virgen de la Luz. En una tierra de romerías y espiritualidad, de santuarios dedicados a vírgenes protectoras de ganaderos trashumantes, esta ermita es una de las más significativas y de las que tiene una mayor relevancia. Situada a diez kilómetros de Lumbreras, en dirección al Puerto de Piqueras y al límite con Castilla, el conjunto que forman la propia ermita y la Venta de Piqueras nos remite a tiempos pasados, de caballerizas y de diligencias, de pastores trashumantes que llevaban sus ganados al sur, de ganaderos que encontraban refugio entre las paredes de sus robustos muros. También eran tiempos de en los que los caminos y comunicaciones nada tenían que ver con las infraestructuras actuales. Tiempos en los que perderse en la montaña en pleno invierno, en un entorno nevado, tenía como resultado el rescate por parte de los venteros.

La Ermita de la Virgen de la Luz que podemos encontrar en nuestra visita por Cameros y el valle del Iregua es fruto de numerosos procesos de rehabilitación y reconstrucción. No en vano, los duros inviernos serranos, las nieves y su ubicación geográfica, muy por encima de 1.000 metros, junto con el ineludible paso del tiempo, dañaron su estructura original del siglo XIII. De hecho, el edificio actual es del XVII, por tanto de estilo barroco, conservando una imagen gótica del siglo XIV. Junto a la ermita también estaba la Casa de Juntas de la Hermandad y la Venta de Piqueras. Esta última se halla presente en la memoria colectiva camerana y riojana. No en vano, durante siglos la tradicional vía de comunicación con el centro peninsular y la capital del Estado, Madrid, fue subiendo por el curso del Iregua. Los venteros también eran los santeros de la ermita y durante buena parte del siglo XX se conocía popularmente a la Venta de Piqueras como “Venta de Venancio”, por el nombre de este popular ventero que se hizo cargo de la misma en 1909 y cuya labor siguió su hijo hasta finales de la década de 1980.

Los tiempos habían cambiado y la labor de venteros y santeros había quedado atrás. Durante años la Venta de Piqueras permaneció cerrada, pero en los últimos años se ha recuperado la actividad, con la presencia de un restaurante y un albergue que toman el testigo de aquellos venteros y santeros que a lo largo de los siglos hicieron guarda en aquellos caminos, en un paisaje idílico que no dejaba de esconder peligros, pero que conformaron una historia que se ha transmitido de generación en generación. Junto a ellos, un Centro de la Trashumancia recuerda uno de los procesos que marcó la vida de Cameros, una memoria viva para no olvidar nuestro pasado y nuestra procedencia.

 
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