La época de los dólmenes
Cameros, nombre mítico que nos remite a los antiguos pobladores de La Rioja, los pueblos celtas berones y pelendones, es la zona más montañosa de la región, junto con las vecinas Demanda y Urbión. El Leza y el Iregua son sus valles, remontándolos nos acercamos a las cumbres que superan los 2.000 metros en Cebollera. La frontera, que tanto ha caracterizado a La Rioja, tampoco fue ajena a Cameros. La dificultosa accesibilidad y las duras condiciones de vida de las zonas altas, sitúo a Cameros como un territorio entre las áreas de dominio berón y pelendón, perteneciendo sus escasos habitantes fundamentalmente a los segundos. Frente a los berones, instalados en el valle y dedicados a la agricultura, los pelendones se caracterizaban por la dedicación a la ganadería y a la guerra. Las circunstancias no favorecían el poblamiento de la zona camerana, no era una zona fértil, con lo que la emigración era frecuente.
En la sierra de Cameros, se encuentra el mayor conjunto de dólmenes de La Rioja. Son monumentos funerarios colectivos formados por una cámara delimitada por grandes losas de piedra verticales o megalitos y de un túmulo de tierra y piedras que la rodeaba. Los enterramientos se realizaban dentro de la cámara. Los principales sepulcros neolíticos de Cameros son de difícil acceso y localización, no están señalizados y por lo tanto no se pueden visitar, salvo en compañía de expertos.
Además de los dólmenes neolíticos se conservan restos de castros, campamentos de pastores, cuyos pasos también se rastrean en la Peña Miel de Pradillo y en la Cueva Lóbrega de Torrecilla. Así, la cultura pastoril y la dedicación a la ganadería estaba presente en Cameros desde tiempos inmemoriales.
Roma entró en la Península Ibérica siguiendo el curso del río Ebro, entre otros. Así, el norte de La Rioja se integraba plenamente en la romanización a través de núcleos tan relevantes como Calagurris (Calahorra), Graccurris (Alfaro), Tritium Magallum (Tricio) y Vareia (Varea). Sin embargo, las sierras seguían siendo un territorio semivacío, aislada en los duros meses invernales. Los caminos naturales que cruzaban desde el valle del Ebro hasta la meseta, siguiendo los cursos de los ríos que ascendían hasta los actuales puertos de Santa Inés, Piqueras y Oncala, no estaban practicables durante parte del año. Todavía podemos encontrar en el cauce del Iregua los restos de una antigua calzada romana. |